
Materiales:
- Un alicate para cortar y otro para doblar (el que tiene las puntas redondas)
- dos trozos de alambre con memoria para anillos
- un metro de alambre delgado flexible
- mostacillas, mostacillones, canutillos, medios canutillos o lo que tengas a la mano
1. Con el alicate para doblar haz una vuelta en uno de los extremos de cada pedazo de alambre con memoria (que has cortado previamente con el alicate para cortar, by the way)
2. Inserta los mostacillones en cada anillo dejando un espacio para volver a hacer un vuelta en el otro extremo del alambre. Es importante que los dos alambres tengan el mismo número de mostacillones.
3. Pon un anillo sobre el otro, alineando el primer mostacillón. Enrrolla el alambre flexible entre las vueltas y el primer mostacillón, de esta manera, ambos anillos quedan unidos.
4. Pasa el alambre a través del primer mostacillón del anillo de más abajo. Enhebra una mostacilla y luego pasa el alambre a través de la segunda mostacilla del anillo de arriba.
5. Enhebra dos mostacillas y pasa el alambre por el tercer mostacillón del anillo de abajo. Enhebra tres mostacillas y pasa el alambre por el cuarto mostacillón del anillo de arriba.
Para que el anillo vaya haciéndose más ancho, debes ir aumentando el número y/o el tamaño de las mostacillas. En mi caso, luego de cada mostacilla ponía la misma cantidad de medios canutillo.
6. Continúa enhebrando mostacillas. Cada vez que tengas que pasar el alambre por el anillo de abajo lo haces por los mostacillones impares, y si es por arriba, a través de los pares. Una vez que llegas hasta la mitad del anillo, es decir, su parte más ancha, comienza a disminuír.
7. Cuando llegues al final, enrolla el alambre entre los últimos mostacillones y la vuelta final del alambre con memoria, corta lo que sobre.
Y listo. El Anillo más Fácil del Universo está terminado.

Y pude comprobar que el mito de que a los gatos les gusta jugar con ovillos de lana no es cierto. Les gustan las cosas terminadas.

Hace un par de días mi hermano estuvo de cumpleaños y uno de mis gatos le regaló un paquete de gomitas alemanas con forma de gatitos (sí, leyeron bien).
El caso es que resultaron ser los dulces más asquerosos del mundo. ¿No les basta a los alemanes porner shorts y suspensores como para además hacer dulces malos? Llegué a pensar que estaban hechas con chucrut.
Pero eran tan lindas. Hermosas. No fui capaz de botarlas, pensé que algo se me ocurriría hacer. Y como ya podrán imaginarse ¡las trasnformé en mostacillas!. En realidad es un experimento, aun tengo que esperar un buen tiempo para comprobar que no se van a descomponer.
Estas son las instrucciones por si quieren intentarlo en casa:
1. Atraviesa al pobre animal con un vástago. Ayudate con un alicate si la gomita es muy dura y/o el metal muy blando.
2. Limpia los restos de gomita del vástago y luego dóblalo para formar una argolla. Si vas a hacer unos aros, puedes ponerle enseguida el gancho, pero si no sabes sabes muy bien en qué utilizarlo, puedes ponerlo momentaneamente en un anillo de alambre con memoria.
3. Cubre toda la gomita con esmalte transparente para uñas. Cuélgalo para que se seque- Luego repite esta operación por lo menos tres veces y deja secar durante una noche. Al día siguiente la gomita va a estar endurecida y brillará.
4.Listo, ahora solo tienes que averiguar de qué manera lo ocuparás.
Si bien aun no compruebo su descomposición, creo que no importaría tanto si se llegan a podrir, ya que son tan faciles de hacer que pueden reemplazarse. Encuentro que son ideales para las niñas o las mujerzuelas con alma de niñas. Eso es todo por ahora.
Cuando a la mujer no se le permite estudiar o trabajar en lo que quiere, y se la deja en la casa a cargo de la familia como si para eso hubiese nacido, surge el descontento. Aparece el malestar que ya parece tener nombre.
Si todas las mujeres tuviésemos la oportunidad de hacer lo que quisiéramos, incluso quedarnos en casa y ser “hogareñas”, las cosas serían muy distintas. El problema no es la escoba.
Algunas feministas aborrecen totalmente cualquier trabajo domestico, en ese sentido, que las vean tejiendo sería una vergüenza atroz.
Así, podemos convertir a las manualidades en una herramienta de expresión que crea vínculos con quienes nos rodea, que activa nuestra imaginación y poder de creación, que nos hace hombres y mujeres más completos. La mujer ya no está relegada a la iglesia, la crianza de los niños y el cuidado del hogar, pero si lo desea puede seguir asistiendo a la capilla, continuar tejiendo calcetas para sus hijos y entrar a la cocina cuantas veces quiera.
O coser, pintar, recortar o ¿mostacillear?. Da lo mismo. Existe otra razón más para llevar una vida de manualidades.
Porque tejer un calcetín, coser una cartera o armar un collar es más que un proceso físico. También tejemos en nuestras cabezas. Y eso ayuda: activa partes de nuestro que no usamos siempre, nos ayuda a concentrarnos y nos relaja.
Y es esta última característica de la que hablaré hoy.Porque el hecho de que algo tan simple nos relaje hoy en día es muy importante. Claro, podemos relajarnos en una sesión de masajes en un spa, en un jacuzzi o en unas vacaciones, ¿pero cuantos de nosotros efectivamente podemos hacer eso?. Y si tuvimos un mal día y necesitamos eliminar las tensiones, ¿que se puede hacer?. Ponernos en acción y tejer.
Tejer (o cualquier otra actividad similar) es útil para relajarse y meditar, porque mientras lo hacemos, nuestra cabeza funciona de una manera especial. Mantenemos ocupadas nuestras manos, estamos concentrados en algo, pero aún así nuestro cerebro nos permite pensar en lo que sea. Es una forma de evasión sana y muy provechosa. También se puede estar concentrados ocupando las manos durante una neurocirugía, pero es imposible relajarse.
Al tejer estamos ocupados, pero libres de tensión (a no ser que a alguien se le ocurra tejer la bufanda más larga del mundo o el chaleco más grande de Chile). Es una actividad repetitiva a la cual nuestro cerebro se acostumbra y queda despejado para cualquier tipo de divagación mental. Es como hacer yoga sin la necesidad de poner las piernas detrás de la cabeza.
No es lo mismo que quedarse acostado en la cama pensando en lo que sea. Porque una vez que el proceso se termine habremos construído con nuestras propias manos un objeto que antes no existía. Y ese mismo proceso se puede trasladar a nuestras cabezas, pues mientras tejemos estamos creando y cambiando nuevas ideas.
Muchas personas, al ver las cosas que hago me dicen: "Ah, ¡pero qué paciencia!" o "¿Cómo no te enfermas de los nervios?". Y mi respuesta es que justamente así cultivo la paciencia y evito volverme loca.
A mi me encanta ver tele. No sé que haría sin cable. No sé que haría sin Jack Bauer, o Seinfeld o sin escuchar el Auf Wiedersehen semanal. Pero me siento culpable. MUY CULPABLE. Y este año, en el cual además a penas tengo responsabilidades (en otras palabras, soy una desertora universitaria) pensé que esto de la tele se me iba a ir de las manos. Entonces, para sentirme más productiva mientras me acuesto frente a la tele (porque no me siento) me pongo a tejer o a hacer collares. Así puedo estar una hora pegada la tele (dos), pero en esa misma hora he creado algo. En mi retorcido mundo, eso funciona.
Y en sus retorcidos mundos, también podría funcionar. Por eso es que me encanta decirle a las personas que hagan manualidades. A simple vista parece algo super trivial, algo superficial, algo "de mujeres". Pero estoy segura de que una vez que esto se descubre, tanto hombres como mujeres pueden sacar muchos beneficios de algo tan simple como tejer una corrida en derecho, y la siguiente en revés.

Esta es la presentación en sociedad de Nantucket, el gato castrado. Es mi segunda producción en crochet. Ok, en verdad, es la primera que termino, pero las otras han sido lindas intenciones.
Anyway, obviamente yo no lo inventé. Ni que fuera Martha Stewart. Saqué el patrón de acá.
Tuve que ponerle una bufanda porque el cuello parecía Frankenstein. Ahora que lo pienso, fui mi mamá la que me dijo que le hiciera la bufanda, una tierna manera de decirme que parecía Frankenstein. También tuve que amputarle las piernas y volverselas a coser, porque me quedaron muy separadas y parecía gimnasta olímpico. De paso, le corte sus cositas, sin querer. Asi que ahora no siente nada. Y talvez se cambie el nombre a Lourdes Nantucket.
A todo esto, Federica (mi gata de pelo, no de lana), se enamoró. Los pillé durmiendo juntos en la alfombra. Pobre Federica, aun no sabe que Nanty está esterilizado. Así es la vida.
